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viernes, 23 de agosto de 2019

Ética en las Organizaciones - Compliance

Actualmente, una de las preocupaciones que más desvela a la mayoría de los ciudadanos es la corrupción, tanto en ámbitos privados como gubernamentales, esta problemática que abarca todo el mundo y particularmente afecta a nuestro país, debe ser abordado desde distintas perspectivas e involucrando a todos los integrantes de la sociedad.

En el mundo de los negocios, el cumplimiento normativo, conocido también bajo el término inglés compliance, hace referencia a las normas internas establecidas por las empresas, para su actuación en los ámbitos interno y externo, que se expresan en mejores prácticas comerciales, implementación de un Código Ético, el establecimiento de políticas anticorrupción, la preocupación en la prevención de riesgos en el lugar de trabajo, protección de datos y activos informáticos, el blanqueo de capitales y operaciones comerciales, entre otras acciones. La creación, el establecimiento y el cumplimiento de estas normas creadas por y para las empresas es una forma de prevenir y evitar cualquier conducta ilícita.

El concepto compliance se implementó en los años 70 y 80 en Estados Unidos como consecuencia de los graves escándalos financieros relacionados con casos de corrupción que afectaron a importantes corporaciones, como el conocido escándalo Lockheed Corporation de soborno de funcionarios extranjeros.

En este sentido, hace unos días el diario La Nación, publicó un artículo del periodista Gabriel Cecchini, referido al tema.

Leemos en el artículo:

Compliance: la nueva sigla del CEO que corresponde a Chief Ethical Officer

Gabriel Cecchini

Por primera vez en sus 19 años de existencia, el estudio "CEO Success" que realiza anualmente la consultora PwC sobre la duración y performance de los CEOs de las 2500 empresas más grandes del mundo indica que, de los número uno que debieron abandonar sus puestos de manera involuntaria durante 2018 (89 en total), la razón principal de su partida estuvo relacionada con "fallas éticas" en un 39 por ciento de los casos, seguida en segundo lugar de un mal desempeño financiero (35 por ciento) y por desencuentros o diferencias de opinión con sus directorios (13 por ciento), en tercera posición.

Los despidos basados en faltas éticas aumentaron un 50 por ciento comparado con la suba del año pasado. 10 años atrás la mitad de los despidos estaba relacionada con una deficiente performance financiera y menos de un 10 por ciento con temas éticos. Hoy en día, son estos últimos los que se suben al podio del ranking.

Existe consenso entre numerosos especialistas en que no se constata hoy en día la presencia de una mayor cantidad de ejecutivos que se comporten de manera no ética que en el pasado. ¿Qué nos están diciendo entonces estos números?

Pues bien, lo clave aquí es la menor tolerancia y aceptación que existe hoy en día de estas fallas éticas en un contexto de hípertransparencia. Las empresas y sus CEOs en particular - verdaderos pararrayos de crisis reputacionales en estos días - están sujetos al constante monitoreo microscópico y en tiempo real de sus acciones por parte de sus diversos grupos de interés, tanto internos como externos, que están siempre dispuestos a sacar a la luz falencias en la cultura corporativa e incongruencias entre los valores declamados y las prácticas efectivas de dichas organizaciones y sus líderes.

Se evalúa la cultura corporativa no únicamente en base a los clásicos aspectos éticos relacionados con casos de fraude, corrupción o conflictos de interés, sino crecientemente en un espectro de temas de integridad que van desde desastres medioambientales, pasando por situaciones de discriminación y acoso, llegando hasta temas de protección de privacidad de datos de usuarios y de transparencia en cadenas de valor.

La rapidez con la que el riesgo reputacional puede materializarse en una crisis y escalar a partir de la presión ejercida por parte de distintos stakeholders, causando potencialmente daños de grandes dimensiones tanto en términos financieros como operativos, obliga a las empresas y a sus directorios a tomar decisiones con respecto a la permanencia de sus CEOs en plazos de tiempo muy breves. Decisiones que antes se tomaban en cuestión de semanas o meses, hoy se han reducido a cuestión de días o incluso de horas.

Los directorios saben que el costo de no actuar (es decir, mantener a un CEO en su cargo una vez conocido o denunciado un hecho indebido o falla ética de importancia relacionado con su gestión) puede ser muchísimo más oneroso que el hecho siempre problemático y complejo de tener que despedir al número uno de la organización. Incluso no vale aquí si se trata de un veterano CEO exitoso y arquitecto decisivo en el desarrollo y crecimiento de su empresa: así lo demuestran los casos recientes de titanes corporativos caídos en desgracia, en especial, de la industria automotriz, del sector de entretenimiento y medios de comunicación, y del sector bancario despedidos en estos últimos meses debido a fallas éticas de diversa índole que han involucrado, entre otros, casos de mal uso de bienes corporativos, acoso sexual, prácticas fraudulentas de ventas o lavado de dinero. Incluso casos en los cuales un ejecutivo ha incumplido con normas que a primera vista podrían considerarse faltas menores - las cuales hace pocos años atrás hubieran pasado desapercibidas - son en hoy en día no tolerables.

En junio de 2018, Brian Krzanich, entonces CEO de Intel, fue removido de su cargo luego de que se conoció que había mantenido una relación afectiva consensual con una empleada de su compañía, algo que estaba prohibido por las políticas de compliance de la empresa. Su desempeño al frente de la compañía tecnológica había sido excelente pero a pesar de ello la compañía decidió desvincularlo. Adicionalmente hay CEOs que han sido despedidos no principalmente a causa del problema o hecho indebido original que ocasionó una crisis reputacional puntual, sino por la manera en que salieron a gestionar y mitigar dicha crisis, empeorando la situación en vez de mejorarla. También con respecto a una deficiente gestión de este tipo de situaciones un CEO puede ver comprometida su posición.

Hay que decir que estas rápidas decisiones pueden considerarse injustas en ciertos casos ya que muchos CEOs han sido despedidos antes de que pudieran llevarse a cabo investigaciones internas que arrojaran resultados tangibles o de que incluso hubiera algún tipo de exposición legal que justificara tales decisiones. En estos casos, también se aplica el mismo principio descripto antes: se actúa proactivamente en pos de evitar o mitigar el costo del daño reputacional que puede acarrear mantener al CEO en su cargo.

Los CEOs saben entonces que al mismo tiempo que se los estará evaluando en términos del desempeño financiero de las organizaciones que lideran en cuanto a aumento de ganancias y rentabilidad, una mayor competitividad o crecimiento en participación de mercado, se les aplicará de ahora en más también este nuevo "lente" ético a la hora de evaluar su continuidad (o no) al frente de sus empresas. Bienvenidos a la era de los Chief "Ethical" Officers. Y de los riesgos de fallar en el intento.




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jueves, 4 de julio de 2019

Hacia una nueva organización

En verdad, el concepto organización está sufriendo cambios profundos. La primera definición –lo que se podría llamar la primera teoría- de organización deriva de cómo el rey prusiano Federico el Grande, a mediados del siglo XVIII, definió su invención del ejército moderno. “Un ejército tiene tres partes –dijo-: la infantería camina; la caballería cabalga; la artillería es arrastrada.” Dicho de otra manera, la organización se define por la manera de realizar los trabajos. Esta era la concepción básica subyacente de todas las organizaciones militares hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero esta concepción también sirvió de base al primer intento de definir las organizaciones empresariales: la teoría de la empresa manufacturera desarrollada por el ejecutivo francés Henri Fayol, presidente de lo que era entonces la compañía minera de carbón más grande de Europa. El propósito de la organización es realizar la tarea. Para ello se requiere una estructura que coloca las tareas afines –de ingeniería, de fabricación, de ventas- en departamentos. Después de la Primera Guerra Mundial y la reorganización de la General Motors Corporation por Alfred Sloan (proceso que culminó en la década de 1950 con la descentralización de la norteamericana General Electric), superpusimos sobre el modelo de Fayol una estructura llamada la “unidad empresaria”. Esta trata de equilibrar el interés interno de realizar la tarea con el externo de servir al mercado. Sigue siendo el enfoque más aceptado, que subyace detrás de la discusión en curso sobre la necesidad de equilibrar las “aptitudes centrales” con la “concentración en el mercado” además del interés actual por la reestructuración.
Ahora está surgiendo un enfoque totalmente distinto, que lejos de reemplazar a los anteriores, se superpone sobre ellos: según éste, el propósito de las organizaciones es obtener resultados exteriores, es decir, rendir bien en el mercado. Con todo, la organización es más que una máquina como la estructura de Fayol. Es más que una entidad económica definida por sus resultados en el mercado. La organización es ante todo social. Es la gente. Por eso su objetivo debe ser volver eficientes las aptitudes de las personas y anular sus debilidades. En realidad, esa es la única tarea que sólo la organización puede realizar: es el motivo por el cual la tenemos y la necesitamos.
Pero estos cambios en la teoría de la organización y las consiguientes modificaciones estructurales, con ser importantes, no lo son tanto como el hecho de que abandonemos rápidamente la idea de que debe haber una sola teoría y una sola estructura ideal, sea la del ejército de Federico el Grande, la “empresa manufacturera típica” de Fayol o las unidades empresariales de la General Motors de Sloan y la General Electric de Jack Welch. (Peter Drucker, 1998)
La presente entrada fue extraída del libro: La Organización del Futuro - Frances Hesselbein, Marshall Goldsmith, Richard Beckhard (compiladores) - Editorial Granica – Buenos Aires - 1998 

Entradas relacionadas:
https://sadm1442.blogspot.com/2014/03/hablando-de-organizacion.html
https://sadm1442.blogspot.com/2019/04/las-organizaciones-definiciones.html

https://sadm1442.blogspot.com/2019/04/la-nocion-de-organizacion-desde-una_5.html
  

lunes, 24 de junio de 2019

Las megaempresas y una historia de más de 400 años - artículo


Presentamos un artículo del artículo publicado en el Diario La Nación, sobre el tamaño de las organizaciones:

Las megaempresas y una historia de más de 400 años

La existencia de corporaciones gigantescas no es nueva en el capitalismo, pero hoy su avance aviva la polémica; se teme que su poder pueda minar la libre competencia

Sebastián Campanario

Cinco de las seis empresas más valiosas del mundo en la actualidad tienen un modelo de "plataforma" de acuerdo con un estudio reciente de tres académicos de Harvard (David Yoffie, Annabelle Gawer y Michael Cusumano). Los autores definen plataformas en un sentido amplio, que contempla asociar a terceras empresas en distintos vectores de productos y servicios, con lo cual se incluyen Google (con Android) y Apple (con el iPhone), además de Amazon, Microsoft y Facebook.

En total, la investigación contó 43 empresas-plataformas listadas en oferta pública, que generaron en los últimos 20 años la misma cantidad de ganancias que las "no plataformas", con la mitad de los empleados y tasas de crecimiento mucho más altas. El nuevo mundo corporativo, dicen los autores, es definitivamente de las plataformas.

En el denominado "Club Famga" o "GAFA" (por las iniciales de los colosos que se incluyan) se pelean por consolidarse arriba del billón de dólares de valuación (hoy están en carrera, pero por debajo). El iPhone de Apple, por ejemplo, según algunos estudios, está considerado el producto más exitoso de la historia, con 1600 millones de unidades vendidas hasta la fecha. Si se incluyen otros dispositivos que usan el sistema operativo iOS, la cifra asciende a 2200 millones de unidades.

En un marco más general, el mercado con compañías ligadas a internet se multiplicó por diez en la última década, según el emprendedor Elad Gil. "Con 3500 millones de personas online -de las cuales 3000 millones tienen celulares inteligentes-estamos en presencia del mercado potencial más grande de la historia", sostiene el empresario que le vendió su startup Mixer Labs a Twitter. Solo este incremento absoluto hace que valuaciones de compañías que hace una década estaban en US$10 millones hoy hayan visto crecer su valor a los US$100 millones. "Lo interesante es que este aumento de la escala hace que hoy para las start ups sea posible crecer más rápído que nunca", completa Gil.

La dinámica es global. Pasaron solo dos años desde que Mercado Libre superó en valor a la petrolera YPF. Desde entonces, las trayectorias fueron divergentes y en la actualidad la empresa de Marcos Galperín (que trabajó en YPF antes de fundar MeLi) sextuplica la capitalización de la petrolera. De hecho, la firma de comercio electrónico argentina vale más que Spotify y está en el entorno de la valuación de Twitter.

Pero aunque uno pueda impresionarse con estas comparaciones, lo cierto es que la presencia de megacorporaciones de tamaño sideral no es nueva en la historia del capitalismo. De hecho, en términos relativos, hubo firmas que llegaron a superar largamente a las valuaciones que se ven hoy entre las corporaciones de tecnología en la Bolsa de los Estados Unidos.

Un informe que tuvo amplia repercusión en redes, replicado semanas atrás por DutchReview y Visual Capitalist, actualiza el valor de grandes compañías del pasado -en su pico de valuación- con resultados sorprendentes. El récord por lejos lo tiene la Compañía Holandesa de Indias Orientales, que en el año 1637 llegó a valer el equivalente a casi 8 billones (millones de millones) de dólares, más que todo el Club Famga actualmente sumado. La firma se fundó en 1602, tenía sus oficinas centrales en Amsterdam y se aseguró el monopolio del comercio de especias por dos décadas con lo que hoy es Indonesia.

Fue la primera empresa en emitir acciones y llegó a emplear 70.000 personas en distintas partes de la ruta comercial, que por entonces tardaba en completarse entre diez y doce meses. Su pico de valuación lo alcanzó con la "fiebre de los tulipanes", y se derrumbó un siglo después de su fundación.

El segundo puesto en este ranking de gigantes de todos los tiempos es para la Mississippi Company en 1720 (6,5 billones de dólares). Grandes petroleras como Saudi Aramco, Standard Oil y las mismas IBM y Microsoft en su apogeo llegaron, en términos relativos, a valer más de lo que cuestan actualmente la empresas del Club Famga. Consultado en Twitter al respecto, el historiador económico Mauricio Drelichman (un experto en la economía europea de los siglos XVl y XVll) afirmó que la metodología para armar estas actualizaciones le resultaba dudosa.
Economía de plataformas

Más allá de la discusión metodológica y el debate por determinar cuál fue la empresa más grande de la historia, lo cierto es que la polémica por un eventual poder que mine la libre competencia por parte de estos gigantes está al rojo vivo. En los Estados Unidos, su prioridad es uno de los pocos puntos de acuerdo entre demócratas y republicanos, que debate si será necesario "romper" Amazon, Google, Facebook, etc. El 9 de mayo pasado, en una nota muy comentada del New York Times, uno de los fundadores de Facebook, Chris Hughes, publicó una columna titulada: "Yo cofundé Facebook. Es hora de romperlo".

En Inglaterra, país que suele estar a la vanguardia en este tipo de regulaciones, el Reporte Furman recomendó una mayor intervención estatal, la creación de una unidad especial que promueva la libre competencia en mercados digitales y un mayor control de las adquisiciones (aunque se abstuvo de sugerir "romper" estas grandes plataformas). El grupo Alphabet (Google), por ejemplo, viene comprando una startup cada 18 días en la última década, en tanto que las cinco empresas más grandes del mundo adquirieron 400 en total en el mismo período.

En los Estados Unidos, Amazon está comprando a precio de ganga los grandes shoppings que el comercio electrónico contribuyó a fundir, dado que sus extensas superficies resultan ideales como centros de distribución, cerca del consumo de los núcleos urbanos. Este elegante "golpe de gracia" se parece a la estrategia que en ajedrez usaba el armenio Tigran Petrosian, campeón mundial entre 1963 y 1969: la de la "boa constrictor" que ahogaba lentamente a sus rivales para forzar finales ganadores donde bastaba con sólo "soplar" al adversario para que se cayera.

"Estamos en un nuevo territorio, con mapas que recién se están armando y reglas nunca vistas en la historia del capitalismo: el de la economía de las plataformas", sostuvo en su newsletter semanal Exponential View el futurista Azeem Azhar. "Estas empresas hoy se volvieron una pieza clave de la infraestructura pública: buena parte de nuestro acceso a bienes, servicios y recursos está intermediado por estas grandes plataformas, que a su vez hoy parecen ser las únicas para resistir ciberataques a gran escala".

El debate está recién en una etapa inicial. En la nueva economía de plataformas, como dice un cartel del Colegio de Agrimensores en la ruta 2, camino a la costa, "El tamaño sí importa".




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viernes, 7 de junio de 2019

Cómo las organizaciones pueden arruinar la vida de sus empleados - artículo

Cuántos de nosotros nos quejamos de la empresa donde trabajamos, Andrés Hatum en el diario La Nación y en la sección Comunidad de Negocios, vuelve a escribir sobre la problemática que viven muchos trabajadores en su labor diaria.

Leemos en este diario:

Trabajo de ratas: cómo las organizaciones pueden arruinar la vida de sus empleados

Frente a la necesidad de cambiar, cada vez más compañías descuidan su política de recursos humanos generando ambientes insanos

Andrés Hatum

Señor lector, si usted está enamorado de su empresa, mejor no lea esta nota. Puede contener imágenes tan reales que les hagan mal al hígado y a su orgullo y compromiso organizacional.

Mi teoría es que parte de la infelicidad que la gente puede tener a causa del trabajo es por las reuniones improductivas y los workshops a los cuales la gente es arreada como vacas y donde se trata, cual secta religiosa, de hacerlos llorar y llenarlos de ideas de autoconocimiento y desarrollo para el éxito que nunca conseguirán.

Las empresas ya no saben qué buscar para hacernos la vida más imposible: talleres con legos, plastilina, programación neurolingüística, metodologías ágiles, jugar con colores, música, mindfulness? ¿Por qué el lugar de trabajo se ha convertido en una mezcla de jardín de infantes y secta? ¿Por qué las oficinas están siendo decoradas como una escuela Montessori? ¿Por qué no nos dejan vivir y trabajar como queremos sin tanta infantilización de nuestro lugar de trabajo? "A mí que me den la plata que usan para comprarme la comida, bebida, la ensaladita saludable y el puff colorido", me dijo un empleado de una empresa tecnológica harto de tanta parafernalia.

El problema es que las empresas están asustadas. Vivimos en un mundo cada vez más complejo y caótico donde empresas e industrias enteras están colapsando. Incluso las compañías más poderosas del mundo están siendo amenazadas. Las empresas están muertas de miedo porque vieron cómo otras que parecían invencibles fueron destruidas: Blockbuster, Tower Records, Borders Books y el listado sigue.

Para sobrevivir, entonces, las viejas grandes empresas deben evolucionar y cambiar el chip que les indicaba cómo trabajar hasta el momento. "Tenemos que cambiar nuestro ADN", me dijo un ejecutivo preocupado por lo mal que iban los números en su empresa. ¿Qué significa cambiar el ADN? Significa reemplazar y transformar sus circuitos. Y los directivos de recursos humanos pretenden transformar los cerebros de los empleados y que se conviertan en ratas de laboratorio. Ese es el nombre del libro de Dan Lyons, Lab Rats.

El autor cuenta crudamente su experiencia de trabajo en estos laboratorios psicológicos dirigidos por gente que te hace sentir como rata de laboratorio. Luego de ser despedido de la revista Newsweek, Lyons consiguió trabajo en Hubspot, empresa que ofrece un sistema de software de marketing. Lyons comenta su experiencia allí: "La compañía desarrolló su propio lenguaje para los empleados. Nos decían que éramos ?estrellas de rock' y ?ninjas' que estábamos cambiando el mundo con nuestros ?superpoderes'".

Hubspot no veía la rotación como un problema, de hecho estaban orgullosos de eso. Eso hablaba de una cultura de performance de la empresa donde solo los mejores podrían sobrevivir. Darwinismo puro y duro.

"Cuando despedían a alguien lo llamaban ?graduación' y recibíamos un mail que decía qué fantástica era esa graduación y que fulano/a se llevaban sus superpoderes a otra parte". Esta es la versión moderna de los mails que mandan las áreas de recursos humanos que dicen: "Agradecemos a mengano sus servicios y le deseamos éxito en su nuevo emprendimiento profesional".

Reestructuración

Desde la década del ?80 las organizaciones han sido testigos privilegiados y pacientes resignados del efecto "ing": downsizing, downscoping, rightzising, outsourcing? ¿qué significa todo esto? Reestructuración y que alguien se va a quedar sin trabajo.

Los niveles de las estructuras desaparecieron, pero los títulos aumentaron en tamaño. Si antes una persona era jefe de marketing con diez personas a cargo, hoy pasó a ser "senior marketing manager southern cone electric business unit". ¿Cuánta gente tiene a cargo? Ninguna.

Cuando uno entra a trabajar en una empresa y la inducción dura dos horas, no queda otra alternativa que arreglarse solo para poder resolver problemas que no se conocen. De repente uno se da cuenta de que la gente habla de "scrum", pero no se trata de un partido de rugby. Hay "scrum master", "agile coach", "agile evangelist" y "agile practice leader". Después de un tiempo donde le lavaron el cerebro, el objetivo es ser líder de algo y usar todo el vocabulario provisto por estas metodologías.

En una ocasión, una empresa me contrató para dar una charla. Mientras esperaba mi turno, la gerente del área me pidió que viera la actividad que ella iba a desarrollar para entender la dinámica del equipo. Los hizo armar un círculo mirando a la pared, y por turnos cada persona pegaba un cartel en la espalda del compañero elegido con la idea de criticarlo. "Hagámonos pedazos" fue la consigna que la gerente dio, ante mi asombro. Vi carteles denigrantes con palabras espantosas: basura humana, villera y cerdo, entre las más amables. Un ejercicio que no los ayudó a ellos como equipo ni a mí a dar la charla que tenía preparada.

Ganancias y pérdidas

Probablemente las organizaciones han perdido mucho en estos tiempos. Principalmente el sentido de humanidad. Las empresas podrán ofrecer ping pong, sillas que masajean y galletitas con cinco semillas, pero el sentido de seguridad laboral dejó de existir.

Perdimos el sentido común, ya que terminamos de admirar a personas que son genios para los negocios, pero como líderes son unos animales. Admiramos a Uber sin saber que sus empleados se han quejado de trabajo extenuante, abuso sexual y directivos acosadores. Las condiciones de trabajo en Amazon harían las delicias de cualquier sindicato argentino. Tesla nos parece "cool" por sus diseños, pero su CEO, Elon Musk, es un narcisista que expone a sus empleados a condiciones que están lejos de lo "cool".

¿Qué ganamos en las nuevas organizaciones? Estrés y miedo. Cuando uno vive pensando que lo van a echar y que el trabajo no es seguro, las acciones que tomará van a estar más orientadas a preservar el trabajo que a tomar riesgos. Cuando una empresa está bajo riesgo de quedarse fuera del mercado, comienza un delirio de estupideces que enloquece a quienes allí trabajan.

Pero tengamos cuidado. A medida que las empresas experimentan con nosotros para explotar nuestras potenciales capacidades, la satisfacción de los empleados sigue bajando. Solo en Estados Unidos, la satisfacción laboral cayó del 61% al 50% entre 1987 y 2016, y según la encuestadora Gallup solo 13% de los empleados a nivel mundial se sienten comprometidos.

El problema es que si nos siguen tratando como conejillos de Indias y ratas de laboratorio, difícilmente las organizaciones logren que estemos satisfechos y, peor aún, con nuestro compromiso para crear junto a la empresa.



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martes, 28 de mayo de 2019

La comunicación en las organizaciones, ¿Qué dice una organización cuando no habla? -artículo

El siguiente es un artículo publicado por Ernesto Gore, profesor emérito de la Universidad de San Andrés de Buenos Aires, en su cuenta en la red social Linkedin:

Charla loca y charla tonta ¿qué dice una organización cuando no habla?

¿De qué está hecha una organización? Sin duda podemos pensar una organización en términos de un capital, un mercado, un espacio físico, gente, y máquinas, todos ellos ayudan a definirla, pero hay organizaciones que carecen de alguno o de muchos de estos elementos y gozan de buena salud, internet sin ir más lejos.

En términos generales podemos decir que existe una organización allí donde sea posible reconocer un sistema de acuerdos que coordinan conductas, y entre ellas emociones, humanas. Desde esta perspectiva la organización, es en primer lugar un fenómeno social que se construye con palabras, y está hecha con conversaciones.

Aunque se ha hablado mucho sobre el papel de los fenómenos culturales en la construcción de la identidad organizativa, se suele olvidar el simple hecho de que la cultura organizativa es una “historia”, una narración compartida entre miembros de una comunidad, y que la posibilidad de compartir esa historia tiene mucho que ver con ser parte de ella. Esto nos lleva al concepto de ambiente semántico del que hablaba Neil Postman, un ámbito capaz de dar un significado peculiar a los mensajes que allí se emiten.

Decir “me arrepiento de lo que hice” tiene significados diferentes cuando es dicho en la bolsa de valores, en un shopping o en el confesionario de una iglesia. Por eso un contexto nunca es neutro al aprendizaje y siempre resignifica los mensajes que en él se emiten. Para saber qué es lo que alguien ha dicho no alcanza con conocer su contenido, es necesario entender el ambiente semántico desde el cual se habla. Hablar del ambiente semántico es hablar del contexto.

El primer problema de la comunicación es reconocer el contexto dentro del cual la conversación se da: ¿es en serio o es en broma? ¿lo cree de veras o lo dice por compromiso? ¿piensa hacer lo que dice o está hablando "pour la galerie"? ¿puede hacer lo que dice o habla de lo que no sabe? Cada vez que hablamos con alguien, estas preguntas sobre el contexto nos rondan en tanto son indispensables para entender el significado real de lo que se dice. De la misma manera que conocer a una persona implica conocer el contexto desde el cual habla, conocer una organización es entender el ambiente semántico dentro del cual se desarrolla.

Postman caracteriza como charla loca o charla tonta a aquellas que, con o sin intención, no capturan el ambiente semántico en el cual se desarrollan.

Llama charla tonta es aquella que no sabe en qué contexto se encuentra y charla loca a la que manipula o subvierte los propósitos del contexto para manipularlo.

Tratar al jefe de “señor” y repetir sus órdenes en voz alta para demostrar que han sido comprendidas, puede tener sentido en algunos ambientes semánticos (militares, por ejemplo) y ser tonto en otros. Si mi mujer me dice "mira lo linda que está la luna esta noche" y yo comienzo a hablar de astronomía estoy evidenciando que no entendí el contexto de la conversación y, ergo, que lo que digo es una tontería. Por otra parte, convertir un contexto económico o laboral en uno religioso puede ser una charla loca si lo que se propone es manipular una situación para obtener formas de sumisión y obediencia que no podrían lograrse de otra manera: como en "Él nos ha puesto aquí para redimir la humanidad con nuestro detergente y por eso cumplir con los que nos piden es nuestro deber con Él".

En otras palabras, la organización es un contexto que le da o le quita significado a lo que en ellas se dice o se calla, pero este contexto no existe como marco claro y unívoco para el significado de las palabras. Aunque solemos dar la comunicación por descontada, como si fuera un hecho simple, el mayor problema es que no lo es. El significado depende de nuestra interpretación del contexto y esa interpretación tiene mucho de adivinanza.

Postman menciona distintos elementos que caracterizan a un contexto. Entre ellos los propósitos, las relaciones, el contenido y la charla particular utilizada en esa situación. La organización nos ayuda y al mismo tiempo nos dificulta entender lo que en ella se dice.

Así, los propósitos de una situación guían en gran medida la conducta. Una reunión de trabajo, una entrevista de evaluación de desempeño, una convención de ventas, una clase expositiva, una charla entre amigos, indican propósitos diferentes que pueden definir también contextos de conversación distintos. Terminar una reunión sin que queden claros los acuerdos logrados puede ser razonable en una charla de amigos, pero no en una entrevista de ventas o de evaluación de desempeño.

La conducta de una persona muchas veces tiene reglas institucionalmente fijadas que muy rara vez son desafiadas, en parte porque desafiarlas sería desconocer los propósitos del contexto en el cual la comunicación se desenvuelve. El ambiente semántico es algo que se da por sentado y, en muchos casos nos impone conductas. Por ejemplo, dos personas pueden saludarse cordialmente y comenzar a conversar sobre sus respectivas familias en un contexto laboral, a pesar de no soportarse o más aún, precisamente, porque no se soportan. El contexto no tiene que ver con sus propósitos individuales sino con pautas organizativas tácitas que les permiten ser parte de esa comunidad. Hay organizaciones donde es lógico hacer lo que se dice que se hará, en otras una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. En ellas cualquier novato aprende rápidamente que no se hace lo que se dice ni se dice lo que se hace.

Los propósitos del contexto pueden ayudar a definir la calidad de la comunicación, pero nunca en forma unívoca, ya que ellos mismos son materia de interpretación. es posible que diferentes personas tengan distintas percepciones de un mismo ambiente semántico. Para alguien una reunión de trabajo debe ser un ámbito para ventilar y resolver diferencias, mientras que para otro puede ser un contexto de conciliación y acuerdo al cual es de muy mal gusto llevar discordias que deberían ser dirimidas más bien en forma personal. A veces estas diferencias de percepción no son estrictamente personales y se convierten en parte de la cultura de una organización, lo que lleva a que lo adecuado en una organización resulte desubicado en otra.

Aunque podríamos abundar en más situaciones, en algunos casos hay contradicciones entre los propósitos generales del contexto y los particulares de la situación. Tomemos el caso de un hospital público cuya capacidad de atención está superada por la demanda de los pacientes. Deciden poner requisitos burocráticos, tales como certificado de domicilio o documentación completa para solicitar turno. Estos requisitos, que violentan los propósitos del servicio, les parecen razonables a los actores ya que de otra manera la cantidad de gente a atender superaría el espacio físico y el tiempo profesional disponible. Las necesidades intrínsecas de funcionamiento compiten aquí con los propósitos extrínsecos del servicio.

La comunicación nunca es una "emisión de significantes" aislada del contexto, los problemas de comunicación en realidad suelen estar ligados a un trasfondo donde inciden factores tales como los propósitos de los individuos, lo que se da por sentado de la situación, la forma en que ella es interpretada por los actores y los conflictos que en ella se enfrentan. Aunque nadie pronuncie una sola palabra, la organización siempre está diciendo algo sobre las características de la relación entre sus miembros.

Además de los propósitos, el contexto tiene que ver con las reglas que definen el ambiente semántico. Ciertos aspectos emocionales, tales como el tono (atmósfera, ambiente, textura) y actitudes (entonación, formas de dirigirse, gestos no verbales, pausas, emisiones verbales, etc.) permiten entender cómo se relaciona la gente en un ambiente aún sin saber exactamente qué están diciendo.

Las actitudes suelen aprenderse de manera informal; por lo común en el mundo adulto no se suele hablar sobre las actitudes correctas, es un ámbito donde las verbalizaciones son escasas. Los modales y las actitudes suelen ser respuestas a preguntas políticas referentes acerca de la estructura social y de la importancia que para cada uno tiene integrarse a ella. En general los actores se incluyen o se excluyen de una estructura haciendo coincidir, o no, sus actitudes con la atmósfera del lugar, que por lo general es un dato tácito. En cada contexto hay un cierto “orden” implícito que establece quién habla de qué, cuándo y cómo así como indicadores intangibles sobre la estructura de roles de la situación.

En el campo de las "reglas", a pesar de no haber pautas explícitas, las transgresiones son serias. Por lo general es más fácil cambiar el contenido de una situación que su estructura de roles. Es común que aunque se produzcan grandes cambios de contenido, la estructura (generalmente autoritaria) de las relaciones no se modifique demasiado. Esto es especialmente perceptible en organizaciones que deciden grandes procesos de cambio y donde se intenta "cambiar paradigmas" y modificar profundamente los contenidos de la comunicación sin que estos cambios alteren demasiado la forma de relación entre los actores. La estructura de roles es siempre muy conservadora y resistente a los cambios, por eso en cada organización hay situaciones fácilmente predecibles en tanto los individuos, por no desafiar la estructura de una situación, solemos realizar acciones que de otra manera probablemente nunca llevaríamos a cabo.

También debe tenerse en cuenta que cada ambiente semántico tiene su propio vocabulario técnico y estas palabras técnicas son más importantes de lo que se suele creer. En gran medida no sólo se refieren al objeto, sino que son el objeto. En palabras de Postman: “si no hay con qué hablar, no hay de qué hablar [1]”. Alcanza con intentar describir una escuela sin utilizar esa palabra ni ninguna de las palabras específicas que la definen tales como "aula", "alumnos", "pupitre", "docente", "recreo" o "clase" para ver que es difícil saber de qué se habla sin ellas. Aun más claro es intentar multiplicar 328 por 524 utilizando números romanos.

Aunque solemos tener presente que el lenguaje habla sobre lo que percibimos o lo que pensamos, sus funciones no son solamente pasivas y descriptivas, el lenguaje hace que sucedan cosas, modelando el futuro y la identidad de los hablantes.

Esto es particularmente importante porque discutir qué palabras utilizamos para describir un evento no es “simplemente” entrar en problemas semánticos, de lo que se trata es de controlar las percepciones y las respuestas de los demás. A principios del siglo XX el diario La Prensa, que se oponía al Box como deporte, publicaba los encuentros bajo el título de "Dos hombres se tomaron a golpes de puño por dinero".

En otras palabras: si bien metafóricamente puede ser útil decir que una organización tiene más o menos comunicación, o que dentro de cierta organización, la comunicación es de tal o cual manera, no debe perderse de vista que lo que esas metáforas ocultan es que las organizaciones no son cosas dentro de las cuales se producen comunicaciones sino que son en sí mismos fenómenos comunicacionales que además actúan como ambientes semánticos. Puede afirmarse que una organización no "tiene" comunicación, sino que está hecha de comunicación.

Cuando uno dice, por ejemplo, que la Universidad Nacional de Córdoba cumplió 400 años ¿qué es lo que está diciendo? Una organización incluye fines, procedimientos, sentido, ideas, cosas, gente, mercado, servicios, productos... ¿hay algo de todo eso en común con lo que era la Universidad de Córdoba hace 400 años? Sin duda muy poco ¿Qué es lo que cumple 400 años entonces?

Una organización es siempre una historia de conversaciones y compromisos derivados de esas conversaciones. Es una red de compromisos ligados por historias y narraciones que se proyecta en el tiempo y puede tomar distintas formas, traduciéndose en tradiciones, contratos, estatutos, organigramas, métodos y procedimientos o simplemente hábitos arraigados, usos, costumbres y maneras de hacer las cosas.

De lo anterior surge que donde no hubo conversaciones no hay organización. Por más que suele decirse que las organizaciones se hacen actuando y no conversando, esta contraposición de conceptos no tiene demasiado sentido. Conversar, en tanto coordinación de conductas, suele ser un requisito de la acción. Aún en la acción puramente individual, cada uno de nosotros mantiene diálogos internos que suelen ser internalizaciones de diálogos mantenidos con otras personas.

[1]Literalmente: “If there is nothing to talk with, there is nothing to talk about ”





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